Seguramente muchos de nosotros hemos escuchado varias predicaciones sobre el tema de la oración. Seguramente todos aquí sabemos como elevar oraciones de alabanza, de gratitud, de confesión, de intercesión o NO. Pero, ¿sabemos como elevar oraciones por nuestros hijos?
Como padres, la mayor parte del tiempo oramos por nuestros pequeños y también por los ya grandecitos, de una forma ambigua. Cuando oramos por ellos la mayor parte del tiempo lo hacemos dentro de un contexto de crisis. No es sino hasta que nos enteramos, y eso por una tercera persona y a veces ajena a la familia, que nuestros hijos andan mal que entonces corremos delante del Señor y entonces ¡empezamos a orar por ellos!
Pensamos que porque están en el círculo de la iglesia, todo anda bien. Esta “falsa seguridad” nos lleva a bajar la guardia, a tal punto que cuando oímos algo a cerca de ellos decimos “no, si mi hijo es un cristiano”.
Una historia:
Un día un padre salio a pasear con su pequeño hijo. Como era verano y hacía calor, el padre se acostó debajo de un árbol mientras el niño jugaba a su alrededor. El padre se durmió y mientras dormía el niño se alejó de él. Cuando despertó lo primero que hizo fue buscar al niño.
Después de buscarlo por largo tiempo llegó al borde de un precipicio y mirando hacia abajo vio entre las piedras y los árboles el cuerpo sin vida del pequeño. Pues el niño se había caído en el precipicio.
¡cuantos de nosotros creemos que nuestros hijos están seguros! Cuantos de nosotros dormimos en lugar de orar por nuestros hijos, mientras ellos se van acercando al terrible precipicio del mundo.
A veces pensamos que nuestra responsabilidad es solamente traerlos a la iglesia o al culto. Pero eso no es todo. Hay un elemento importante que solamente nosotros como padres podemos activar y ese elemento es la oración.
Nuestros hijos están rodeados de toda clase de influencias malévolas que no solamente atentan contra su vida espiritual sino la física también. Hay muchos padres cuyos hijos están en la adolescencia. Para ellos es el tiempo de las ilusiones, los sueños, rebeldías, cambios físicos, definición de la profesión, y por supuesto el tiempo de las amistades.
Pero para los padres es el tiempo de mayor preocupación y vigilancia. Es el tiempo de los conflictos entre padres e hijos. Hoy padres cristianos fieles y ejemplares sufren por sus hijos. Lloran por sus muchachos que han abandonado el hogar, por las hijas que han quedado embarazadas antes de casarse, por los que se involucran en las drogas, el sexo o ... Seguramente algunos penseis que me estoy refiriendo a la gente que no conoce a Cristo. Pero no, lo que he mencionado anteriormente está latente en los hogares de algunos de nuestros padres cristianos.
Por eso ¡debemos entregarlos al Señor! Desde antes, durante y después de su nacimiento. Por eso es muy importante que tomemos en serio el acto de presentación de nuestros niños al Señor. Este es un acto que va más allá de ser un rito religioso. Es significativo porque presentamos a nuestros hijos a Dios como lo que verdaderamente son: un regalo de Dios.
La entrega que Ana y Elcana hicieron delante del Dios era completa e irrevocable. Envolvía un elemento importante: FE. y, ¿qué podemos decir también del ejemplo de Abraham y su hijo Isaac?. Creo que esta es la prueba de fe más grande que padre alguno haya tenido que enfrentar con respecto a su hijo.
¿En dónde está la clave? “Los hijos son una herencia del Señor”, ¿has entregado completamente tus hijos al Señor? Muchas veces la situación de un hijo se encontrará totalmente fuera de nuestro alcance. Muchas veces usted y yo nos hemos preguntado ¿cómo puedo ayudar a mi hijo a pasar este momento difícil? La respuesta nos la da la Palabra de Dios: “Los hijos son una herencia del Señor” (Sal. 127:3)
“Este es el niño que yo le pedí al Señor, y él me lo concedió. Ahora yo, por mi parte, se lo entrego al Señor. Mientras el niño viva,
estará dedicado a él” (1 Sam. 1:27-28).
Dedicar nuestros hijos a Dios significa que no solamente dependemos del Señor para que nos ayude a criarlos, sino que los aceptaremos tal y como Dios los ha creado.
Es hora de dejar de luchar con nuestras propias fuerzas y permitirle al Señor que nos enseñe a saber cómo orar por nuestros hijos.
Si el Señor no edifica la vida de nuestros hijos, en vano nos esforzamos. Si el Señor no cuida de nuestros hijos en vano nos desvelamos y preocuparemos.
El Señor Dios todopoderoso estará siempre al lado de nuestros hijos. Porque “nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios” (Sal. 20:7).
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